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Comiendo bien en Inglaterra
Para comer bien en Inglaterra hace falta seguir varias pautas. A saber.
1.- Ir al monte a buscar hongos.
2.- Verlos (como el de la foto).
6.- Irse a Inglaterra.
7.- Coger una sartén y poner aceite a calentar (si es de oliva y, casualmente, de casa del que has llevado la primera vez que has ido, mejor) hasta que coja temperatura.
8.- Echar en la sartén los hongos limpios de gusanitos y lavados junto a unos dientes de ajo troceados -a lo rural, vamos sin estar ahí dándole al cuchillo con el pie de rey para medir el grosor de las láminas- y unos pedazos de pernil partidos con el mismo método.
10.- En un plato con papel de cocina, poner todo el asunto una vez hecho para que el papel absorba el aceite sobrante.
11.- Emplatar.
Sea como sea, el caso es que le das de comer esto a un inglés que no ha visto un hongo en su vida y se queda flipado aunque esté frío y, por tanto desgraciadamente, menos sabroso que estaría recién hecho. Pero vamos, que se puede comer bien en Inglaterra si, ejem, te lo montas.
Swyx noddles
A ver, iremos por partes como en las clásicas recetas de cocina para ilustraros con tan magnífica vianda.
Bueno, para la próxima entrega de cocinillas, pondré la receta de las charlotinas de berenjena con carne picada con las que deleité la semana pasada a mis nuevas amigas.
Cena sin hambre
Pero bueno, al asunto. Hoy, he bajado a la cocina y he hecho una cena de hotel inglés más o menos. De entremeses -por llamarlo así siguiendo el protocolo minutil- me he comido un puñado de cacahuetes. Pelados de la cascara gruesa pero con la piel que llevan porque según mi tía tiene minerales y vitaminas.
De plato principal me he inventado una cosa resultona a la par que deliciosa. He cogido dos tomates de la nevera -que hace unos días estaban en las tomateras que tenemos en la huerta-, y los he pelado. Luego los he troceado y a empezado la magia: sal gorda, un poco de pimienta molida, un chorro de aceite -también de casa- y una pizca de albahaca. Resultado, la foto:
Tiempo de consumición: 10 minutos largos entre que mojas el aceite de los tomates con pan y paladeas el helado y tal.
Dificultad: para idiotas.
¿Como quedas con los comensales?: como un artista.
Pizza de fiesta
Bien. Como si yo ahora fuera Falsarius Chef, voy a comentaros como, con poca cosa, se puede hacer un platazo para alucinar. Eso de que, estás solo en casa o te llaman para decirte que no vienen a comer y te tienes que hacer la comida, da un pereza que te rilas. Pero claro, si uno se lo sabe montar bien (y de eso, ya vamos sobrados algunos), pues, oye, con cuatro naderías te sale un festín. Pero vamos al meollo.
Los ingredientes que empleé en esta ocasión son muy sencillos: una monopizza (aprovechando la maravillosa versatilidad del griego y sus prefijos), una salchicha de franckfurt, un pedazo de pimiento, unas gambas peladas de esas congeladas, un par de lonchas de jamón york, un par de lonchas de queso, un chorrete de aceite de oliva (de casa, que para algo fuimos a coger las putas olivas el diciembre pasado con el frío y la que estaba cayendo), media cebolla, hierbas varias (de un botecito que pone "para pizzas"), un poquito de curry, sal y pimienta.
La preparación es aún más sencilla que la consecución de los ingredientes. Atentos: se coge la monopizza y se abre del envoltorio. Se pone en un plato. Se ponen los demás ingredientes encima al gusto de cada uno. En mi caso pongo primero el jamón york y el queso. Luego le echo la cebolla y el pimiento bien picaditos. Añado la salchicha cortada en medallones (si es que a eso se le puede llamar así) y las gambas congeladas tal y como vienen. Aliño el mejunje con aceite, pimienta, sal, las hierbas pizzeras y, en esta ocasión, espolvoreo con un poco de curry las gambas. Esto último si queréis evitarlo, hacedlo porque tampoco vale la pena además de que no casa mucho con los demás ingredientes. Con todo montado, abrimos el microondas y le damos calor durante 5 minutos. Y ya está. Ya tenemos la pizza de fiesta.
Mirad que bonica:
Te comes eso y un bote de coca-droga y, mira, ya estás aviado hasta la hora de cenar.
Buah, buah, que fideuáh
Amigos, llevo ya un tiempo queriendo hacer para comer una sopa de pescado. Por probar, a ver que sale. Encontré una receta de Arguiñano en un recetario que me bajé con el ares y pretendía llevarla a cabo. Pero, hablando con mi abuelo esta mañana, he decidido pasar un poco de Karlos y hacerlo como me ha indicado el iaio. Aparte de que, oyes, yo también tenía pensado en hacerlo así.
El invento es que esta mañana me he ido al mercabrona (jamás compréis ahí para un arreglo de sopa porque es carísimo al vendértelo todo por separado) y he cargado: un hueso de rape, un trozo bien hermoso de mero, tres calamares, un pedazo de potón (eso blanco que parece sepia pero que es más barato y, ojo, está más bueno), unas gambas arroceras, unas clóchinas (mejillones para los profanos) y un par de galeras. Casi ocho pavos de arreglo. Ya me puede salir buena la sopa de los cojones, ya. Vale, tengo los ingredientes, ahora a prepararlos.
Con calma y sosiego, cogemos la tabla y el cuchillo y empezamos a picar el asunto. O, más bien, hacer taquitos de todo. Calamares, potón, cebolla y mero. Las bocas de los calamares y el plástico ese chungo que llevan dentro que parece un condón, pam!, al perol (olla, para los que siguen siendo profanos) del caldo. En esa misma marmita también he puesto los bordes y el huesecillo cartilaginoso del mero, el pedazo de rape, las cabecitas y patas de las gambas, las clóchinas y las dos galeras troceadas. Todo bien pinchado con el cuchillo por aquello de que supura y deja más gusto en el guiso. Además le he puesto sal, pimienta, perejil y una gota de aceite. Vamos, pa darle cuerpo al caldo y que no saliera aguachirri. Y vaya cuerpo; en el primer hervor me ha tocado desespumar aquello que parecía un rabioso afeitándose de espuma que llevaba.
Tras esa fiesta de la espuma, bajo el fuego al 3 (de 6) y me pongo con el sofrito. Aceite mu caliente y pa dentro la cebolla. Cuando me ha parecido -digamos un minuto o así-, le he puesto el potón y el calamar. Para terminar, el mero y las gambicas. Cuatro vueltas con la cuchara de madera -siempre de madera, eh?- y por último el tomate de brick. Para decorar un poco el fondo de sartén, una pizca de pimienta y sal. Todo eso a fuego fuerte un momento pa darle el calentón y luego igual que el caldo, al 4. Que si se quema, nenes, no hacemos ná.
Con el sofrito ya casi hecho le he puesto pimentón dulce. En 10 segundos para que no se quemé el pimentón y se nos joda el panorama, le he añadido el caldo previamente colado. También las cuatro o cinco clóchinas ya hervidas pero sin corfa (joder con los profanos, cáscara). Y nada. Hervor fuerte y a esperar. Cuando ha estado haciendo un rato chup-chup (como me mola esa expresión gastronómica), a fuego medio, le he puesto los fideos y un poco de colorante de ese naranja que parece azafrán pero no es. Ya ha llegado mi madre y me ha dicho que con la pasta ya dentro de la cacerola, se le puede subir el fuego para que se chupen bien el caldo. Sí, mi sargento. Fuego al 5 y aquello hervía como la poción mágica de Panoramix.
Y ya está la aventura. En unos 40-50 minutos he troceado, lavado y preparado todos los ingredientes y te he hecho una fideuá de cágate patas abajo. Buah, que buitres cuando estaba eso en el plato. Hasta el perro ha disfrutado comiéndose las sobras. Lástima que no le he hecho una foto, pero bueno, ya sabéis que pinta tiene un plato de fideuá.
Con este artículo voy a inaugurar una nueva categoría llamada "cocinillas" donde iré poniendo las novedades gastrónomicas y los progresos entre fogones hechos por mí. Ya sabéis que controlo la pasta, las pizzas, las lentejas, las sopas y ahora la fideuá que, en resumidas cuentas, es como si fuera pasta y sopa.
Escucho la marcha procesional "Getsemaní" en mi reproductor de música ahora mismo tras escuchar varias mientras escribía el texto.

